Maternidad

La Graduación: el fin de una etapa.

El sábado pasado me gradué por segunda vez en mi vida (y por última, os lo juro). Yo no sé si es que cuando me gradué de mi primera carrera hace ya mucho tiempo (en el 2003) y no me acuerdo, pero esta vez lo he disfrutado más, o por lo menos esa es la sensación que tengo.

           La graduación en sí (el acto institucional, me refiero) fue una mierda, al menos desde mi punto de vista. El acto de graduación de mi primera carrera fue más emotivo, más dedicado a los padres, yo que sé, otras cosas.

En este había mucho discurso que no llegaba al alma, mucho vídeo de fiestas y más fiestas (joder, que parece que se han tirado cuatro años de fiesta ¿o se los habrán tirado de verdad?) y poca emoción.

Lo único más emotivo (por llamarlo de alguna manera) fue un vídeo un poco cursi dedicado a los padres, que a mi no logró emocionarme porque ni mis padres estaban presentes, ni tengo que agradecerles nada en esta carrera (me refiero a dinero, matrículas, etc.), al contrario, mi madre cada vez que le decía que estaba agobiada me decía mil veces que esto no era para mí, que era una tontería mía… ¡Pues toma, mamá, terminé¡  (me queda una asignatura, tres meses de prácticas y el trabajo fin de grado, pero no hay que decirlo todo). Bueno, tengo que agradecerles el tiempo que se quedan con Álvaro para que yo estudie, eso sí, y lo hacen de muy buena gana, la verdad.

 

En la foto sale hasta Álvaro, pero no es el bebé que está en primera plana. Buscando a Wally, jajaja

           Lo mejor de la graduación fue lo de después: la cena, la barra libre, salir sin niño y sin marido después de dos años y medio, estar rodeada de chicas de 22 años (7 chicos para todas… es lo que tiene la segregación ocupacional).

Disfruté muchísimo, me sentí una más (necesité tres copas de un vino peleón seguidas, pero mejor no entro en detalles), bailé, me reí, me di cuenta de que tooodas tenemos complejos (hasta con 22 años y un cuerpo de escándalo) y aprendí un montón de sexo. Madreeee, cómo controlan estas chicas, cosas que yo ni siquiera sabía que existían y se podían hacer (sexolerded???) y que a mi me da vergüenza hasta nombrar (parece ser que en determinadas edades el tema del sexo no es un tabú, y yo que me alegro, que aprendí un montón, jajaja).

          Decían que se les había pasado los cuatro años volando… A mí, en cambio, se me han hecho muy pesados. Demasiados madrugones, horas de coche y quebraderos de cabeza. Pero todo llega a su fin y hoy me alegro de no haberlo dejado a medias, que tengo que reconocer que he estado a punto muuuuuchas veces, sobre todo desde que nació Álvaro. Me llevo buenos recuerdos, buenas amigas y un montón de aprendizajes (unos buenos y otros que no me van a servir para nada).

         También decían que ahora empieza lo mejor porque la próxima vez que vayan a un colegio lo harán como maestras. Y a mí me entraban ganas de quitarles la venda de los ojos y decirles: ayyy, hija mía, desgraciadamente, para el 95% de los que estamos aquí la foto nos servirá de recuerdo y título pa´ limpiarnos el culo si alguna vez andamos escasos de papel, porque pa´ ser cajeras del carrefour no piden tanto título… Y la próxima vez que vayas al colegio será a llevar a tus hijos, si tienes suerte, y si no a llevar a los hijos de alguien que te haya contratado para ello. Pero, como sólo te graduas una vez en la vida (o dos) pues en cambio les decía id a por otra ronda de chupitos que eso lo tenemos que brindar. Y a beber que, como soñar, el sábado era gratis.

Maternidad

De cómo empecé a estudiar Educación Infantil

        A finales junio de 2010 mi marido y yo hicimos nuestras últimas oposiciones para profesores de secundaria (y digo últimas porque en mi Comunidad no se han vuelto a convocar, no porque sacaramos la tan ansiada plaza). Cuando veniamos de camino a casa después del primer examen de oposición se me ocurrió comentarle que yo creía que me había equivocado de carrera, que con 18 años no sabes elegir y que a mí lo que realmente me gustaba era la Educación Infantil. Él, ni corto ni perezoso, me contestó que eso tenía solución y que nos pasáramos por la Universidad y hacíamos la preescripción.

      En ese momento me empecé a poner nerviosa… A ver, a mi me gustaba (y me gusta) mucho, pero una cosa es que me gustara y otra muy distinta ponerme a estudiar una carrera de cuatro años a mis 30 largos. Al final me convenció para que hiciera la preescripción ese mismo día y después me lo pensara durante todo el verano. Si no estaba segura con no realizar la matrícula se acabó el problema.

      Nos presentamos en la Universidad sin nada, sin el certificado  la P.A.U (Pruebas de Acceso a la Universidad), sin el título de mi otra carrera… vamos, sin ningún papeleo. Tuvimos suerte porque en la secretaría donde se hacía la preescripción trabaja una prima de mi madre (yo ni siquiera sabía que trabajaba ahí) que nos facilitó todo y buscó los datos necesarios en ficheros para que no tuvieramos que volver otro día.

       A principios de septiembre, después de pensarmelo un poco durante el verano y tener a mi marido todo el rato animándome a que estudiara lo que me gustaba, hice la matrícula oficial y a finales de mes empecé las clases rodeada de chicas de 18 años. Me sentí super mayor y desplazada en muchos aspectos, pero después las he considerado buenas compañeras a muchas de ellas (garbanzos negros hay en todos sitios) y la verdad es que se han preocupado mucho por mí, dejándome apuntes, cubriéndome cuando faltaba a clase, etc.

       Los dos primeros años iba a clase dos o tres veces por semana. Mi pueblo está a casi 90 kilómetros de la facultad, así que imaginaos el esfuerzo que me supuso: me pegaba unos madrugones de escándalo, me tiraba dos horas en coche y encima me habré gastado en gasolina lo que no está escrito. Por la tarde trabajaba impartiendo las Pruebas de Acceso a la Universidad para mayores de 25 y las Pruebas de Acceso a Grado Superior, así que lo que no me sobraba era tiempo libre.

      En octubre de ese segundo año de carrera me quedé embarazada y fue el último año que hice completo, porque ya en tercero dejé asignaturas para atrás e iba a clase una vez a la semana, a veces menos. Trabajaba por las tardes y no estaba dispuesta a no estar con mi niño por las mañanas por un capricho mío.

      Este año, como no trabajo, me he matriculado de todas las asignaturas que me faltaban (ciento y la madre o casi) y aquí estoy, intentando aprobar las tres últimas asignaturas que me quedan para el año que viene hacer las prácticas y el famoso Trabajo Fin de Grado.

      Me he arrepentido muchas (muchas, muchas y más) de haberme puesto a estudiar tan mayor, estando tan lejos y teniendo en cuenta las pocas facilidades que hoy en día, con el Plan Bolonia, nos dan a los alumnos que no cumplimos los requisitos: es decir, tener mucho tiempo libre para asistir a clase, ya que la mayoría de las asignaturas son presenciales. Me he gastado mucho dinero y me ha quitado mucho tiempo. También he aprendido muchas cosas. He aprendido, sobre todo, que con 18 años yo no tenía claro qué me gustaba y qué no. He aprendido que con mis 34 años puedo estar con gente de 22 y no se nota tanto. Y he aprendido un montón de cosas útiles para hacer con Álvaro, así que sólo por eso ya merece la pena…

     Ahora, si pudiera dar marcha atrás y volviera a ese día de junio de hace cuatro años en vez de decirle “Cari, es que yo creo me equivoqué de carrera y a mi lo que verdaderamente me gusta es la Educación Infantil”, le diría “¿Cari, dónde dices que nos vamos de vacaciones?”. Y es que a veces calladitos estamos más guapos.