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Los Terribles Dos Años: ¿la Primera Adolescencia?

La primera vez que oí hablar de los terribles dos años, comparando esta etapa con la primera adolescencia, aún no tenía hijos. Estaba estudiando Educación Infantil, cuando mi profesora de Psicología Infantil nos comentaba que hacia los dos años el niño experimenta unos cambios de carácter tan bruscos que hacen que se definan los dos años como “terribles“, hablando incluso de primera adolescencia. Sigue leyendo “Los Terribles Dos Años: ¿la Primera Adolescencia?”

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Rabietas y el Juicio contra los Padres

Creo que lo habéis adivinado… Álvaro está pasando por una etapa difícil (por no decir que estoy del niño hasta los mismísimos). Yo pensaba que esto de las rabietas era una etapa que había que pasar y después ya era todo felicidad y cordura. Pero no, o por lo menos no en esta santa casa. Aquí las rabietas van y vienen. Nos tiramos una temporadita tranquilos, con Álvaro suave como la seda, y después viene otra temporada en la que no nos tiramos por la ventana porque Dios no quiere… Aunque si os digo la verdad estoy empezando a pensar que esto no son rabietas, sino que son llamadas de atención constantes fruto de la llegada del hermanito.

Lo peor de las rabietas (o de los celillos), a parte de que te dejan exhausta, te dan dolor de cabeza y te hacen preguntarte una y mil veces que qué estás haciendo mal es que sean rabietas con expectadores.

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Rabietas, Rabietas y Más Rabietas

Lo peor de que tu hijo vuelva a tener rabietas es cuando tu creías que ya las había superado. Lo confieso, soy una ilusa y pensaba que ya habíamos pasado esta fase, que las rabietas habían quedado atrás y ya sólo serían un mal recuerdo en nuestra vida de padres primerizos.

Álvaro empezó a tener rabietas sobre los dos años y pico y las hemos llevado como hemos podido pero hacía meses que parecía que había superado esta etapa. Sí, se enfadaba, pero como nos enfadamos todos, sin llegar a pasar el límite que separa un simple enfado de una rabieta en toda regla.

Fue una época muy mala, los padres que hayais pasado por ellas me comprendereis, en la que cualquier cosa hace saltar la chispa y después para sofocar esa chispa hacen falta toneladas de paciencia. Hay niños que no pasan por esta etapa o que la pasan de forma muy suave. Sus padres no saben la suerte que tienen y, sobre todo, nunca comprenderán lo mal que se pasa, lo desesperado que es y lo mal que te sientes… Te sientes mal porque no sabes en qué estás fallando, en qué momento te has equivocado y también porque a veces no sabes si tirarte tu por la ventana o tirarlo a él. Puede que os suene muy fuerte, en realidad lo es, pero cuando tu angelito se levanta llorando sin motivo aparente y se acuesta de la misma manera… Eso es agotador.

Pues bien, después de meses de paz relativa, las rabietas han vuelto a nuestra casa y han vuelto pisando fuerte, como no podía ser de otra manera cuando se trata de las cosas de Álvaro. Él lo hace todo a lo grande, con intensidad, no es un niño de medias tintas.

Desde hace semanas que vengo observando el cambio, no es algo que me haya cogido por sorpresa, la verdad. He visto que cuando se enfada nos llama “tontos” y que nos dice “no voy a ser tu amiga nunca más” y se queda tan pancho, aunque a los dos minutos no se acordara y viniera a darnos un beso o a contarnos una historia, como él dice. Pero yo intuía que esas reacciones no iban a traer nada bueno y así ha sido. Ha vuelto a tener RABIETAS, pero rabietas así, en mayúsculas, rabietas como nunca jamás habíamos visto en esta casa y os aseguro que no somos unos lerdos en la materia.

Ahora sus rabietas van unidas a un afán de destrucción que no tenían antes, a intentar tirar todo lo que pilla, a hacer daño… quizás porque es más mayor, quizás porque la frustración que siente es más grande y no sabe qué hacer con ella… Lo único bueno es que sólo se dan en casa y sólo contra con nosotros, sus pobres padres, sobre todo conmigo. En la calle sigue siendo un angelito con el que puedes dialogar cualquier situación… pero con 40 grados ¿quién es el guapo que se va a la calle para que el niño se calme…?

Reconozco que estoy saturada… Que la otra fase de rabietas la llevé mal pero ésta… Ésta está poniendo mis nervios al límite. A lo mejor porque me había autoconvencido de que era una fase superada, porque estoy más cansada o porque las hormonas del embarazo no dejan de hacer de las suyas… Pero ahora continuamente necesito “tiempo fuera” para limpiarme las lágrimas y sorberme los mocos, ahora me duelen más sus “tonta” o sus “ya no te quiero” y tengo mucha menos paciencia para aguantar que pase el sofocón, para que salga de debajo de la cama o simplemente se levante del suelo…

Y sí, la teoría me la se enterita, si hasta publiqué un post para sobrellevar las rabietas pero la práctica… la práctica es harina de otro costal.

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Técnicas para Afrontar las Rabietas

         Como os conté en la entrada anterior Álvaro está en plena fase de rabietas, vamos que está en plena adolescencia infantil pero tengo una serie de técnicas para afrontar las rabietas de este periodo lo mejor posible y sin volverme loca hasta que pase, si es que pasa y no la enlazamos directamente con la otra adolescencia, que este niño es capaz de eso y de mucho más.

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No siento que el niño enfermó…

Como conté en la anterior entrada, Álvaro ha estado malito. El viernes de la semana pasada, cuando se levantó, tenía 37,2 Cº. Ya sé que según los médicos eso no es fiebre, pero yo sabía que él no estaba bien. No sólo era que tenía unas deciminas, sino que no quería desayunar y quería que lo tuviera todo el rato cogido y él es un terremoto que lo que quiere es estar todo el día corriendo de aquí para allá, así que lo llevé a la pediatra sin tener cita ni nada.

 Cuando la pediatra me preguntó que le pasaba le dije que se había levantado con fiebre (aunque reconozco que le dije que había levantado con 38 Cº, si le digo que eran 37 me hubiera tomado por loca, jaja), pero que ya no tenía porque le había dado Dalsy. Lo estuvo reconociendo y me dijo que no tenía nada, sólo la garganta un poco roja. Me recetó Estilisona un par de días y que le diera Dalsy, alternándolo con Aepiretal, cada cuatro horas si le subía la fiebre.

 El fin de semana estuvo más o menos bien, por la noche le subía la fiebre un poco, pero nada alarmante, sin embargo desde el viernes se negó a comer nada de nada. Ni comida, ni chucherías, ni galletas… Nada, sólo teta.

El domingo por la noche empezó a tener fiebre más alta y el lunes, cuando se levantó, estaba ardiendo y no quería que me separara de él ni un minuto. Lo volví a llevar a la pediatra y me dijo que tenía una infección enorme en los oídos y en la garganta. Le recetó Amoxicilina y ha estado hasta el miércoles con fiebre cada dos por tres.

 Hasta el jueves pasado (seis días después) no ha comido prácticamente nada y quería estar siempre en brazos. Ha sido agotador. No quería estar con nadie, ni siquiera con su padre…

Ya está un poco mejor, sigue tosiendo mucho, pero ya tiene ganas de jugar, aunque está muy muy mimoso. Quiere que esté todo el día pendiente de él y llora por nada. Si no consigue lo que quiere se enfada muchísimo, llora, zapatea, tira con todo lo que hay a su alcance… Nunca antes se había comportado de esta manera. Por ejemplo, ayer por la noche quería agua. Le va a dar su padre agua y le dijo “tú no, el nene”. Quería que le pusieramos el vaso en el suelo y cogerlo él y beber. Su padre le dijo que no, que él le ayudaba y se montó la del quince… Se tiró al suelo llorando como si lo estuvieran matando, pataleando… Fui a calmarlo y no quería ni que le tocara… Me preocupé porque ni siquiera sabía cómo actuar.

El día de hoy ha sido como una continuación de anoche, lloros, gritos, pataletas… Lo peor es que no sé qué puedo hacer cuando se pone así. Si voy a calmarlo, le hablo, intento abrazarlo… me rechaza y sigue llorando con todas sus fuerzas. Si le dejo llorar (además de partirseme el alma), me mira de reojo como diciéndo “¿no vienes a intentar calmarme? que estoy llorando”.

 En medio de la desesperación me he acordado de una frase que le he oído muchas veces a mi madre pero no sabía como interpretarla: “No siento yo que el niño enfermó, sino el cuerpito que se le quedó”. Pues eso.