Maternidad

La Primera Vez que Perdí a Álvaro.

Si tengo que decir la verdad, en realidad no lo perdí de la forma que entendemos el verbo “perder”, pero es que el título me venía muy bien para contaros otro día las otras veces que si lo perdí, pero perdido de verdad ;).

Bueno, ahí va la historia de la primera vez que perdí a Álvaro:

Álvaro nació un lunes un 25 de junio en plena ola de calor. La primera que tuvimos aquel año por estos lares y entre el calor y que yo no estaba muy allá que digamos no salimos de casa hasta el domingo de esa misma semana para ir a comer a casa de mis padres, que viven en la otra punta del pueblo.

Pues ahora imaginaos: un domingo 2 de julio con un calor de miedo se nos ocurre a mi señor esposo y a mí salir de casa a la 13.00 h de la tarde e ir dando un paseito con el carro hasta casa de mis padres. Se ve que como el carrito aún no lo habíamos estrenado teníamos ganas de hacerlo, porque de otra forma no me explico que a esas horas y con aquellas temperaturas fueramos dando un paseo con un recién nacido como si tal cosa…

Bueno, pues llegamos a casa de mis padres y mi madre, por supuesto, nos echó la bronca del siglo una buena reprimenda  por haber sacado al niño con ese calor, pero en cuanto vio a su angelito dormido tan tranquilo se le pasó y nos dio de comer y todo 😉

Pues después de comer, nos despedimos de mis padres y cogimos la puerta tan tranquilos. Cuando ya estábamos en la calle, se asoma mi madre a la puerta y nos dice “¿no se os olvida nada?”. De forma mecánica mi marido se echa la mano al bolsillo para comprobar que no se ha dejado el móvil y yo me toco el hombro para ver si el bolso está colgado donde siempre y los dos después de comprobar que llevábamos lo más importante le respondimos que no. Entonces mi señora madre, con el grito ya casi en el cielo, exclama ¡¡¡ el niño ¡¡¡

Nos habíamos olvidado el niño. Llevábamos tan poco tiempo siendo padres que ni nos dimos cuenta que el niño seguía aparcado en el mismo sitio que lo dejamos y que ni siquiera se había movido (para dejarnos por mentirosos delante de los abuelos, que esa estrategia de hacerse el santo cuando hay gente la utiliza mucho)

El camino para casa, bajo 40 grados a la sombra, los dos no podíamos dejar de hablar de cómo coño nos habíamos olvidado al niño, de lo desastre de padres que éramos y de que eso no podía volver a pasar porque menos mal que lo habíamos olvidado en casa de mi madre…

Lo peor de todo es que lo volvimos a perder y no precisamente en casa de los abuelos… Pero eso ya os lo cuento otro día, que con lo que penséis hoy de mí (de nosotros) tengo bastante 😉