Maternidad

No siento que el niño enfermó…

Como conté en la anterior entrada, Álvaro ha estado malito. El viernes de la semana pasada, cuando se levantó, tenía 37,2 Cº. Ya sé que según los médicos eso no es fiebre, pero yo sabía que él no estaba bien. No sólo era que tenía unas deciminas, sino que no quería desayunar y quería que lo tuviera todo el rato cogido y él es un terremoto que lo que quiere es estar todo el día corriendo de aquí para allá, así que lo llevé a la pediatra sin tener cita ni nada.

 Cuando la pediatra me preguntó que le pasaba le dije que se había levantado con fiebre (aunque reconozco que le dije que había levantado con 38 Cº, si le digo que eran 37 me hubiera tomado por loca, jaja), pero que ya no tenía porque le había dado Dalsy. Lo estuvo reconociendo y me dijo que no tenía nada, sólo la garganta un poco roja. Me recetó Estilisona un par de días y que le diera Dalsy, alternándolo con Aepiretal, cada cuatro horas si le subía la fiebre.

 El fin de semana estuvo más o menos bien, por la noche le subía la fiebre un poco, pero nada alarmante, sin embargo desde el viernes se negó a comer nada de nada. Ni comida, ni chucherías, ni galletas… Nada, sólo teta.

El domingo por la noche empezó a tener fiebre más alta y el lunes, cuando se levantó, estaba ardiendo y no quería que me separara de él ni un minuto. Lo volví a llevar a la pediatra y me dijo que tenía una infección enorme en los oídos y en la garganta. Le recetó Amoxicilina y ha estado hasta el miércoles con fiebre cada dos por tres.

 Hasta el jueves pasado (seis días después) no ha comido prácticamente nada y quería estar siempre en brazos. Ha sido agotador. No quería estar con nadie, ni siquiera con su padre…

Ya está un poco mejor, sigue tosiendo mucho, pero ya tiene ganas de jugar, aunque está muy muy mimoso. Quiere que esté todo el día pendiente de él y llora por nada. Si no consigue lo que quiere se enfada muchísimo, llora, zapatea, tira con todo lo que hay a su alcance… Nunca antes se había comportado de esta manera. Por ejemplo, ayer por la noche quería agua. Le va a dar su padre agua y le dijo “tú no, el nene”. Quería que le pusieramos el vaso en el suelo y cogerlo él y beber. Su padre le dijo que no, que él le ayudaba y se montó la del quince… Se tiró al suelo llorando como si lo estuvieran matando, pataleando… Fui a calmarlo y no quería ni que le tocara… Me preocupé porque ni siquiera sabía cómo actuar.

El día de hoy ha sido como una continuación de anoche, lloros, gritos, pataletas… Lo peor es que no sé qué puedo hacer cuando se pone así. Si voy a calmarlo, le hablo, intento abrazarlo… me rechaza y sigue llorando con todas sus fuerzas. Si le dejo llorar (además de partirseme el alma), me mira de reojo como diciéndo “¿no vienes a intentar calmarme? que estoy llorando”.

 En medio de la desesperación me he acordado de una frase que le he oído muchas veces a mi madre pero no sabía como interpretarla: “No siento yo que el niño enfermó, sino el cuerpito que se le quedó”. Pues eso.

 

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Érase una vez un niño que estaba malito

Hoy voy aprovechar esto del anonimato para contaros un cuento:

Érase una vez un niño que estaba malito…

    “Érase una vez una mamá que estaba muy preocupada porque su hijo llevaba varios días malito. Tenía una infección de garganta y de oídos muy grande y la fiebre iba y venía sin parar. Además la mamá estaba muuuy cansada porque el niño, que en circunstancias normales no para quieto ni un segundo, quería estar siempre siempre en brazos de mamá y si es con la teta en la boca pues mejor que mejor.

    El niño, como estaba tan malito, llevaba cuatro días sin comer, pero la mamá en ese sentido estaba muy tranquila porque sabía que mientras mamará su hijito estaría alimentado.

    Los abuelos del niño y suegros de la mamá (por si quedaba alguna duda) también estaban muy preocupados porque conocían al niño en cuestión y sabían que para que él estuviera tanto tiempo quieto es que ya tenía que estar malo. También estaban preocupados porque el niño no comía y achacaban su decaimiento a que se había quedado sin fuerzas…

    Esta mañana estaban los cuatro abuelos de visita en la casa del niño y volvió a surgir el tema de que el niño no come (uffffff) y el papá de la mamá del niño (es decir, el mío) que es un bocazas como la copa de un pino le dice al suegro de la mamá del niño: “no come, pero toma mucha teta”.

    Y se volvió a desatar la tormenta de opiniones sobre la teta, porque como en este tema parece ser que puede opinar todo el mundo… pues… empezó el suegro de la mamá del niño opinando que ya debería de quitarsela, la suegra de la mamá del niño lo apoyó y la mamá de la mamá del niño (la mía) también estaba dispuesta a entrar al trapo.

   Pero la mamá del niño que estaba malito zanjó el asunto con un “ese tema es asunto mío, y no lo es ni tuyo, ni tuyo, ni tuyo, ni tuyo” (refiriéndose a los cuatro abuelitos del niño).

   La moraleja del cuento debería ser: “no te metas donde no te llaman y no saldrás escaldado.”

   Sin embargo, seguro que no ha servido de nada. Los abuelos del niño seguirán preocupados porque su nieto no come y pensarán que su nuera tiene un carácter que pára que contar, la mamá de la mamá del niño (la mía) estará preocupada porque tiene una hija muy contestona y la mamá del niño se sentirá mal por haberle contestado al abuelo del niño (su suegro) y por tener que estar siempre defendiendo su lactancia. Y lo peor de todo, lo peor con diferencia, es que el niño sigue malito y, a veces, ni siquiera en el pecho de su mamá encuentra consuelo.