Maternidad

El Abuelo Viejo

Mis dos angelitos tienen mucha mucha suerte porque sus abuelos los adoran. Además ellos no tiene cuatro abuelos, como la mayoría de los niños, sino que tiene cinco. Si, cinco. Tienen a sus abuelos maternos, a sus abuelos paternos y al abuelo viejo.

El abuelo viejo tiene 88 años y muchos kilos. Tiene tantos kilos que sus piernas se resienten al andar y se tiene que ir apoyando en una garrota los días en los que se anima a dar sus cortos paseos. En casa en cambio se va apoyando en dos, toda la ayuda es poca para sostenerse.

A Álvaro le encantan sus garrotas y bastones, le gusta jugar a ser un viejito e ir apoyándose en ellos y también le gusta jugar a imaginar que son caballos y los arrastra por toda la casa. A veces, incluso, los convierte en espadas y peligran hasta las lámparas. El abuelo viejo, para que no le quite los suyos le ha hecho una garrota a su medida pero a Álvaro le gustan más las del abuelo, faltaría mas…

El abuelo viejo se derrite cada vez que Álvaro le da un beso y a la hora de devolvérselo se limpia la boca con el dorso de la mano para evitar pegarle lo viejo. Mi niño, que es muy listo, le da besos a cambio de chocolates, de almendras, galletas y toda clase de dulzainas. Yo siempre le digo que no quiero que coma tanta azúcar y él me dice “por una ¿qué va a pasar?” y le llena las manos y si me descuido hasta los bolsillos.

El abuelo viejo también se derrite con Jorge aunque insiste una y otra vez en que el nombre no le gusta porque le recuerda a yo no se quien que se llamaba así, y cada vez que me lo dice arruga la nariz y los labios “no me gusta el nombre, hija, no me gusta”, me dice una y otra vez. En cambio le encanta cogerlo. Él, un hombre de campo, un hombre duro, de los de antes, de los que dudo que haya cogido mucho en brazos a sus hijos o a sus nietos insiste en coger al pequeño. “Pónmelo aquí, hija, que yo lo sujeto”. Y yo se lo pongo en brazos con ese miedo excesivo que tenemos las madres para que a los dos minutos me pregunte cuánto pesa ya y me diga que se lo quite, que se le están durmiendo los brazos.

El abuelo viejo se hace el tonto cuando me ve darle de mamar a Álvaro y entorna los ojos y me sonríe porque recuerda otros tiempos en los que los niños mamaban hasta más grandecinos quizás como forma de luchar contra el hambre.

Al abuelo viejo le encanta que vayamos a su casa, enseñarle a Álvaro a Chispi, atiborrarnos de caramelos, enredarnos con mil historias de personas que nosotros no conocemos y que quizás lleven muertas cincuenta años… Al abuelo viejo le encanta ir sumando días, ir restando años, decir que está viejo pero sentirse joven.

Al abuelo viejo le encanta ser bisabuelo.

 

 

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¿Tienen nuestros Hijos demasiados Juguetes?

Es una pregunta complicada, ¿verdad? Unos diréis que si, que nuestros hijos tienen demasiados juguetes, que no necesitan tantos y otros que no. Incluso habrá quien piense que su hijo no tiene demasiados juguetes pero el hijo del vecino si 😉

Además, es que esta cuestión es muy relativa porque para cada familia muchos es una determinada cantidad. Y mientras unos piensan que tres juguetes para su cumpleaños está bien otros pensarán que el número perfecto es diez.

Yo os voy a hablar de nuestro caso, como siempre. Desde mi punto se vista Álvaro si tiene demasiados juguetes. Demasiados juguetes y demasiados titos, de hecho aún le falta el regalo de reyes de mi hermano y preveo que serán juguetes, así, en plural, y encima será algo que ocupe mucho… Ya veréis como no me equivoco.

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Rabietas y el Juicio contra los Padres

Creo que lo habéis adivinado… Álvaro está pasando por una etapa difícil (por no decir que estoy del niño hasta los mismísimos). Yo pensaba que esto de las rabietas era una etapa que había que pasar y después ya era todo felicidad y cordura. Pero no, o por lo menos no en esta santa casa. Aquí las rabietas van y vienen. Nos tiramos una temporadita tranquilos, con Álvaro suave como la seda, y después viene otra temporada en la que no nos tiramos por la ventana porque Dios no quiere… Aunque si os digo la verdad estoy empezando a pensar que esto no son rabietas, sino que son llamadas de atención constantes fruto de la llegada del hermanito.

Lo peor de las rabietas (o de los celillos), a parte de que te dejan exhausta, te dan dolor de cabeza y te hacen preguntarte una y mil veces que qué estás haciendo mal es que sean rabietas con expectadores.

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La Primera Vez que Perdí a Álvaro.

Si tengo que decir la verdad, en realidad no lo perdí de la forma que entendemos el verbo “perder”, pero es que el título me venía muy bien para contaros otro día las otras veces que si lo perdí, pero perdido de verdad ;).

Bueno, ahí va la historia de la primera vez que perdí a Álvaro:

Álvaro nació un lunes un 25 de junio en plena ola de calor. La primera que tuvimos aquel año por estos lares y entre el calor y que yo no estaba muy allá que digamos no salimos de casa hasta el domingo de esa misma semana para ir a comer a casa de mis padres, que viven en la otra punta del pueblo.

Pues ahora imaginaos: un domingo 2 de julio con un calor de miedo se nos ocurre a mi señor esposo y a mí salir de casa a la 13.00 h de la tarde e ir dando un paseito con el carro hasta casa de mis padres. Se ve que como el carrito aún no lo habíamos estrenado teníamos ganas de hacerlo, porque de otra forma no me explico que a esas horas y con aquellas temperaturas fueramos dando un paseo con un recién nacido como si tal cosa…

Bueno, pues llegamos a casa de mis padres y mi madre, por supuesto, nos echó la bronca del siglo una buena reprimenda  por haber sacado al niño con ese calor, pero en cuanto vio a su angelito dormido tan tranquilo se le pasó y nos dio de comer y todo 😉

Pues después de comer, nos despedimos de mis padres y cogimos la puerta tan tranquilos. Cuando ya estábamos en la calle, se asoma mi madre a la puerta y nos dice “¿no se os olvida nada?”. De forma mecánica mi marido se echa la mano al bolsillo para comprobar que no se ha dejado el móvil y yo me toco el hombro para ver si el bolso está colgado donde siempre y los dos después de comprobar que llevábamos lo más importante le respondimos que no. Entonces mi señora madre, con el grito ya casi en el cielo, exclama ¡¡¡ el niño ¡¡¡

Nos habíamos olvidado el niño. Llevábamos tan poco tiempo siendo padres que ni nos dimos cuenta que el niño seguía aparcado en el mismo sitio que lo dejamos y que ni siquiera se había movido (para dejarnos por mentirosos delante de los abuelos, que esa estrategia de hacerse el santo cuando hay gente la utiliza mucho)

El camino para casa, bajo 40 grados a la sombra, los dos no podíamos dejar de hablar de cómo coño nos habíamos olvidado al niño, de lo desastre de padres que éramos y de que eso no podía volver a pasar porque menos mal que lo habíamos olvidado en casa de mi madre…

Lo peor de todo es que lo volvimos a perder y no precisamente en casa de los abuelos… Pero eso ya os lo cuento otro día, que con lo que penséis hoy de mí (de nosotros) tengo bastante 😉