La historia de mi lactancia (I)

           “Yo no voy a darle la teta a Álvaro”. Ese era uno de mis principales pensamientos cuando estaba embarazada. No quería darle el pecho, había visto a una amiga con unas grietas horribles y a mi cuñada todo el día con el niño literalmente colgado y yo no quería eso para mí. Si le daba la teta no tendría independencia, ni tiempo para nada y no podría dejarle el niño a nadie… ilusa de mí. No sabía que cuando naciera no sería capaz de dejarlo ni un sólo minuto lejos de mi vista.

           En las clases de preparación al parto, la matrona nos hablaba de una lactancia a demanda, de los beneficios de la lactancia materna… pero a mi esos consejos me entraban por un oído y me salían por el otro. Estaba convencida de que aquello no era para mí.

         Cuando nació Álvaro no sé que cable se cruzó en mi cabeza que decidí darle una oportunidad a la teta y antes de que pasara una hora del parto ya estaba yo intentando meterle la teta en la boca. Vino la matrona a nuestra habitación y me ayudó un poco en ese primer intento, me animó, me dijo que lo estaba haciendo muy bien… y Álvaro, como si supiera que dependía de él tener o no teta, se agarró estupendamente.

        A partir de esa primera toma me lo ponía al pecho a cada rato, aunque no llorara. Los consejos que me dio la matrona de las clases de preparación al parto, por lo visto, no habían caído en saco roto y yo sabía que si quería que todo fuera bien debía ser así. En esas primeras horas escuché las primeras críticas “otra vez te lo vas a poner al pecho” “pero si no ha llorado, déjalo en la cuna que ahí está más tranquilito”… Y también en esas horas me empezaron a ofrecer por primera vez, desde el mismo hospital, los biberones de leche artificial.

         La primera noche los rechacé, pero la segunda noche estaba muy cansada, Álvaro apenas me había dejado dormir la noche anterior y esa noche tampoco tenía muchas ganas de hacerlo, no sabía que le pasaba, no notaba la famosa subida de la leche y pensé que mi bebé tenía hambre… en fín, que le dí su primer biberón.

         Al día siguiente nos vinimos a casa y yo seguía empeñada en darle el pecho. Los primeros días fueron muy difíciles, mi casa siempre estaba llena de gente y Álvaro apenas dormía por la noche (por el día tampoco es que lo hiciera mucho, la verdad). Lo peor era por las tardes, Álvaro estaba casi toda la tarde enganchado a la teta. Terminaba una toma y a la media hora escasa ya estaba llorando otra vez porque quería más. Las visitas con mejor o peor intención me daban toda clase de consejos: que le diera un biberón porque el niño tenía hambre, que yo no tenía leche, que lo dejara llorar…

       Conseguí hacer oídos sordos casi una semana. Álvaro nació un lunes y el domingo de esa misma semana fui a la farmacia a por un bote de polvos de leche artificial. Sólo le daba un biberón por la noche, normalmente de 60 cl., para que me dejara descansar un poco, pero a la misma vez que se lo daba me sentía mal, sentía que aquello no estaba bien… es una sensación difícil de explicar.

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